Triste cafetal

Triste cafetal, el desarraigo duele más que como suena
”Triste Cafetal”. Ilustración del autor.

Soy un adepto al café por obra y gracia de su cafeína. Espabila, estimula y concentra, tan importante para mí como la comida, el agua o la rutina. Una droga benigna sin ‘defectos’ secundarios.

De la devoción fui a un cierto frikismo con depuradas infusiones de granos selectos, merchandising graciosillo color cortado y, en especial, una planta decorativa —cafeto la llaman—, un retoño de apenas quince centímetros con un lugar destacado en mi mesa de trabajo.

Me pareció gracioso tenerla en el estudio: fotosíntesis ornamental y simbólica. Es elegante y discreta, con unas hojas grandes de un bonito verde intenso.

Pero algo no va bien.

Sobrevive bajo la buena luz de una enorme ventana. La riego, la cuido, le hablo; hago chistes de bares y canturreo «ojalá que llueva…». Nada parece animarla, está mustia y hojicaída, nunca ha florecido. Veo comprometida mi exigua pero deseada cosecha de arábiga.

Entonces imagino: cuando era tan solo un esqueje convivía con cientos de compañeras. Como infante, debió plantarse en un cultivo para producir granos, si bien, en su caso, fue a parar a un vivero para venderse como adorno. Antes de eso, se comunicaría de forma atávica con sus vecinas —algunas ya plantas maduras— que, por epigenética natural, le contarían historias tristes de selvas densas de luces y sombras de colores, con amaneceres y ocasos frescos de rocío cantados por animales de todo tipo. ¿Qué vegetal no querría vivir allí?, hasta una humilde lechuga. Y aun con toda esa nostalgia colectiva, seguían siendo un plantel frondoso y alegre por comunión en la añoranza.

Ahora está sola. El desarraigo duele más de lo que suena. Es melancolía pura que provoca angustia, frustración, pena y quebranto. Pérdida de raíces, nunca mejor dicho.

Las selvas etíopes me pillan lejos, así que he optado por el counselling. Ahora mi pequeño arbusto está rodeado de otros muchos, de orígenes dispares. Una ensalada de culturas donde enriquecerse mutuamente con comunicaciones ultrasónicas de distintos acentos.

En este momento la miro y la veo algo más feliz, aunque mi café sabe más amargo, a pesar del extra de azúcar.

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